jueves, 25 de junio de 2015

Estación Sur coronó una década transmitiendo

Un Pura Vida colmado en la noche del viernes, una concurrencia ávida de baile y una fina selección de conjuntos locales que le pusieron música al fandango. Así festejó la emisora que lleva diez años acompañando al arte emergente.



A Mariano Vázquez le encomendaron hacer el móvil desde la plazoleta Noche de los Lápices, la ochava situada frente al afamado bar sede del rock platense donde un frondoso jacarandá extiende sus ramas en torno a una ronda de bancos entarimados. En comunicación con el programa Residuos Urbanos, el enviado compartió su descripción de la escena en los momentos previos a la fiesta.

La mano venía demasiado tranquila en el triangulo escaleno que se forma con la diagonal 78 y la esquina de 8 y 61, la noche se había posado sobre Bellas Artes y en los edificios circundantes, la temperatura caía por debajo de los cinco grados centígrados y, fuera del valiente notero, sólo andaban por allí algunos devotos de la tradicional fogata que suele encenderse en el corazón del enclave.

Hizo alusión a alguna que otra trifulca, "algún rifirrafe" que no pasó a mayores entre los punkis de la plazoleta, pronosticó que "en una hora, hora y media, terminamos todos con la corbata en la cabeza" y se despidió anunciando que iría en busca de alguna bebida fresca con que paliar la espera.

La predicción de Vázquez se cumplió sólo a medias: la velada alcanzaría un punto donde todos terminarían al mejor estilo corbata en la cabeza, pero hasta la llegada de ese momento había que esperar bastante más de una hora, hora y media.

El mito más grande del rock platense

El sonidista iba y venía de un extremo del bar al otro, paseándose frente a los ojos de la moza que, con las manos sujetas bajo la espalda, en una solemne postura, aguardaba el ingreso de los parroquianos junto a la columna. En la tele, TCM transmitía la escena final de Los Cazafantasmas, un ligero tufo a empanadas de carne flotaba impunemente en el aire y en el escenario tres solitarios micrófonos resplandecían bajo el juego de las luces naranjas y azules.

Emponchado con un fastuoso gorro de lana, Sebastián Lino fue de los primeros en arribar al recinto. El conductor de Tren Para Pocos atravesó la puerta faltando unos minutos para las nueve y se dirigió directo hacia el fondo del lugar.

¿Cómo andas, Sebita? –le preguntó el tipo de espaldas anchas que se hallaba recostado sobre la barra. Había mucho de familiaridad en sus palabras y la sonrisa que utilizó a continuación sirvió para afirmar ese lazo de camaradería que los unía.

Bien, contento –replicó Lino con su flemática modulación y antes de que pudiera proseguir exponiendo su situación fue abordado por el sonidista que quería saber todo acerca del cronograma de esa noche. Al parecer, la cosa iba para largo; la fiesta insumiría los dos turnos que acostumbra Pura Vida y se había invitado a una serie de cantautores para amenizar el ínterin entre las cuatro bandas que tocarían: Camión, Las Piñas, Peces Raros y Los Pi.

En cuestión de minutos, el resto de sus compañeros de radio, los músicos y parte de la audiencia fueron ingresando y se iban acomodando en pequeñas rondas donde estallaba la risa y giraban los lúpulos. Todos, al parecer, habían cumplido con el horario, sin embargo faltarían más de tres horas para escuchar el primer acorde.

La puntualidad de los conciertos fallaba nuevamente, el mito más grande del rock platense se anotaba otro puntito en el marcador.

El camión y la nube

–Buenas noches, acá estamos en el cumpleaños de nuestros amigos de Radio Estación Sur. Diez años, son un montón, qué bueno festejarlo de esta manera.

Con estas palabras, Laureana Cardelino encendía el motor de Camión y lo conducía sobre una audiencia que se iba agolpando frente al vallado para dar oído a la propuesta del cuarteto. Una arquitectura sólida cimentada por el dialogo entre bajo y batería sobre la cual se afirmaban las guitarras sónicas y la poesía de Cardelino y, por encima de todo esto, los teclados y sintetizadores de Juan Luzuriaga que no se cansaban de sumar texturas y color a cada canción.

El set de Camión fue intenso y veloz, superó los baches técnicos del cableado y dejó al público aplaudiendo por una más. El comentario de  Lucas Vanza, primer cantautor de la noche, vino a cerrar esta impresión y anticipó un poco lo que venía a continuación:

- Me pasó un camión por la cabeza, muy bueno. Esto que viene es más como una nube.

Cabe señalar que fue bastante modesto en su apreciación. El ex Tropel subió a escena apenas armado con su guitarra y su voz y con ello le bastó para desgranar un puñado de buenas canciones en clave de blues, demostrando una destreza admirable para arrancarle melodías tristonas, por momentos casi heroicas, a la Stratocaster.

Cerró su repertorio acompañado por Benjamín Riderelli de Peces Raros tras los parches y un mc que se despachó con sendas rimas improvisadas sobre la base musical aportada por estos dos consumados artistas. El público ya estaba enardecido para este punto y más de uno los acompañó saltando y aplaudiendo mientras concluían el jam.

Un imperdible cardumen

¿Peces Raros? –preguntó el recién llegado señalando a los cuatro jovencitos que ya se acomodaban estratégicamente sobre las tablas del escenario Federico José Moura. Frente a una confirmación no pudo contener su alegría, exclamando:

– ¡Qué bueno, no me los quería perder!

Previo a esto ya habían desfilado Las Piñas con su rock garaje y el joven Oblinof Kohara anunciaba con su guitarra que "va a llover felicidad". Ahora llegaba el turno de Peces Raros, posiblemente una de las bandas más comentadas en el coro del rock platense actual. Cosa que no es para menos.

Lo primero que llama la atención de este cuarteto es el promedio de edad que ostentan sus jugadores: una parva de veinteañeros en la flor de la edad. En segundo término se destaca que tres de ellos están muñidos –amén de guitarras,  bajo y batería– de secuenciadores con los cuales disparan loops y sonidos sintetizados que hacen a la naturaleza de sus canciones. Por último, sorprende el virtuosismo del que hacen gala sin llegar a ser pomposos ni aburridos.

Ejecutaron una serie de piezas que mixturaban guitarras funky, rock spinetteano y alguna que otra cuestión más pesada que por momentos recordaba a Tom Morello. La última retahíla de canciones venía engarzada con la prolijidad de un orfebre, una propuesta que, según anunciaron, será plasmada en su inminente segundo disco. Los Peces se marcharon fuertemente ovacionados, dando lugar al próximo número: Los Pi.

La noche ya se había lanzado de lleno en ese trance donde los brazos de los pibes se transforman en un perchero del que cuelgan sus abrigos y los sacos y las camperas se anudan en torno a la cintura de las chicas, el piso se vuelve un asco de cerveza derramada y pisoteada, el tiempo se ralentiza y el humo, la risa y el zapateo convierten al recinto en una masa homogénea de farra y milonga.

Ese punto de "corbata en la cabeza" que Vázquez había predicho tan sabiamente.

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